



"(...) Nunca sabe si el agua está fría o si, como él, como el día mismo, incluso como el verano, que en rigor no ha hecho más que anunciarse, sólo es demasiado joven, pero se lanza en busca del fondo a toda velocidad, agitando los brazos y las piernas para que no se congelen, toca la boca abierta del pulpo pintado en los azulejos del piso y sale propulsado hacia el otro extremo de la pileta, donde emerge unos minutos después con el pelo conpletamente chato, los párpados apretados, los pulmones a punto de estallar (...)"
Alan Pauls, Historia del llanto
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